lunes, 13 de agosto de 2007

El CUERVO


Desde aquella mañana olvido muchas cosas.Recuerdo que era un sábado y que el día había amanecido frío y oscuro. El capitán, la tarde anterior, nos había extendido los permisor para ir a visitar a la familia, antes de salir a ocupar el nuevo destino, en el campo de entrenamiento de infantería localizad cerca de la frontera. Tenía la convicción, como hombre de armas, de tener un espíritu bien templado, eso decían en el cuartel, gracias al arrojo que siempre había demostrado en las acciones bélicas en las que había participado contra los alzados en armas. Siempre pensé que era, en parte, generosidad de los compañeros y los mandos. Hoy lo sé con certeza, después de mi reacción ante el extraño acontecimiento que me ocasionaría la perdida de libertad, por mi falta de frialdad ante el suceso. El día había amanecido borrascoso. El cuartel situado en la parte mas elevada del páramo estaba levantado sobre un amplio mirador: El valle se abría amplio y extenso a nuestros pies y era visible solamente los pocos días del año en que amanecía despejado y el sol lucía en el cenit. La oscuridad, la calima, el frío y el agua que no paraba de caer, lenta y monótona, empapándolo todo, eran parte del ambiente cotidiano. Los bosques húmedos, los árboles vestidos de líquenes y musgos , el deambular de la diversa fauna por los alrededores del cuartel y el trinar de los pájaros, nos distraía el animo en las tardes de invierno: alces, osos y lobos merodeaban cerca de las alambradas buscando desperdicios.

Durante días enteros reinaba una niebla blanca y espesa que no permitía ver a mas de dos metros de distancia. También es cierto que los desplazamientos dentro del cuartel eran cortos y seguros: El comedor, la enfermería, los lavabos y los dormitorios estaban separados por amplios corredores de fácil acceso mientras que la cabeza de mando se encontraba situada contra un empinado e inaccesible muro de granito que coronaba la montaña. Las garitas se distribuían cada sesenta metros, sobre un basto perímetro, en un terreno quebrado y tortuoso, a las que se accedía, las primeras veces, por puro instinto de orientación, desarrollado por necesidad, bien guardado en la memoria, como lo hacen los animales que viven en el bosque. Tampoco necesitábamos de termómetros para acertar con la temperatura exterior, bastaba con mirar cuidadosamente las plantas de alfalfa, si sus hojas reflejaban la luz, las temperaturas estaban bajo cero; si se observaba el rocío sobre sus hojas la temperatura se encontraba por encima de los cinco grados atigrados.

No era la primera vez que abandonaba el regimiento para visitar a los míos. He de aclarar que llevaba tres años prestando el servicio en la misma guarnición. Debe quedar claro, que los senderos que recorría los conocía bien, guardaba en la memoria cada vuelta y recoveco del camino, cada árbol, cerca o acequia que lo atravesara, donde estaba habitado o donde el bosque era mas espeso, mas denso y por lo mismo menos seguro. Estaba acostumbrado a él. Lo seguía como quien va al trabajo, tranquilo, seguro, a salvo de cualquier sorpresa. No importaba la estación del año en que lo recorriera. En primavera era mas dulce, mas vivo, mas lleno de colorido, del piar de los rajaros y de los ruidos producidos por los diversos animales que lo recorrían; los árboles se vestían con nuevas galas ,musgos líquenes y flores y el aire de suaves olores; las fuentes bajaban henchidas y cantarínas. El verano era seco , caluroso y en el camino se agradecían los remansos en las quebradas para refrescar el cuerpo en sus mansas aguas. En Otoño, gracias a las lluvias y antes de que empezaran las nevadas, recorría el sendero dejando sobre el barro fresco mis pisadas, para seguir, pasadas las brumas del invierno, mis recuerdos. Durante el invierno,nada,allí no se podía ni pensar, el frío, la nieve, y la calima lo congelaban todo y, el último, había sido especialmente duro, las dificultades se habían multiplicado y se había hecho intolerable la convivencia. Todos esperábamos a que terminara el invierno para regresar a la normalidad y alejar, con ella, el espanto de la monotonía, la rutina y la incertidumbre. La noche iba a ser larga, como siempre ocurrida, cuando nos anunciaban que tendríamos algunos días de descanso. Todos nos poníamos nerviosos, como niños, y cualquier ruido proveniente del exterior nos sobresaltaba. Pensábamos en las novias y en los besos que nos debíamos; en las juergas que nos esperaban al lado de nuestros amigos. Acudían a nuestra mente los recuerdos de otros días y, esta vez, en lo que nos depararía nuestro nuevo destino, en la nueva guarnición, cerca de la frontera. La casa, como de costumbre, nos abriría sus puertas con el calor y los olores de siempre,y, al rededor del hogar, los niños y los cuentos del abuelo:Las hadas, las brujas,las ninfas y los maravillosos personajes de nuestra fantasía.

Aquella mañana me levante temprano, el frío era intenso, atenuado por mi alegría, por la voluntad de salir y emprender el camino, por el ansia de ver a mis padres, a mi novia y a los amigos. Todo en mi era una barahúnda de emociones incontroladas. Desayune con prisa y salí del acantonamiento con paso marcial. En la puerta, saludé en posición de firmes la bandera, me despedí de los compañeros y del Capitán al grito de ¡ Buen viaje!.
-¡Buen viaje! -respondieron-
-¡En la frontera nos vemos, no lo olvides!
-¡Hasta pronto, hasta pronto, Capitán!

Emprendí el camino a buen paso, sin esforzarme, conociendo la larga jornada que tenia por delante y confiando en que haría buen tiempo. Entre el petate llevaba lo indispensable, el menaje propio del soldado compuesto por unas mudas de ropa, rancho para dos días, un puñado de municiones y sobre el hombro derecho el fusil: La novia, según el comandante, la cual debía estar siempre reluciente, bien puesta y lista para prestar el servicio. El camino de la montaña al valle era agreste y empinado y en ésta estación, duro, frío y resbaloso. La nieve no terminaba de fundirse, el empedrado del camino estaba liso, por lo que con frecuencia me deslizaba golpeándome al caer.. En algunos sitios podían verse , sin esfuerzo, las huellas de diversos animales que invitaban a estar alerta. Los árboles del entorno, la gran mayoría de hoja caduca, estaban aun desnudos, esqueletos donde se peinaba el viento, silbando con monotonía y a veces se enredaba en las delgadas ramas quebrandolas con estruendo poniendo en alerta todos mis sentidos. La acequia no rielaba, su superficie estaba congelada y un extraño rumor se producía en su vientre. Era el ruido de algo que se mueve con fragor, raudo, precipitándose contra las rocas del lecho, sin dejar huella de su presencia, salvo cuando entraba en los remansos, apaciguándose, meciendo las algas. Hacia el medio día hice un alto en el camino para descansar un poco y reponer las fuerzas. Tome algún alimento y cerré los ojos un rato. Pensaba en la soledad del camino. En toda la mañana no me había cruzado con nadie ni había visto ningún animal, solo el canto de algún gorrión preparando preparando su casa de primavera o el canto de algún búho sorprendido al amanecer y, en lo mas profundo del bosque, el canto del urogallo o el berrear de algún ciervo. Estaba cansado y el paisaje no terminaba de gustarme. Los árboles desnudos, de contorsionadas ramas, parecían gesticular, como si quisieran abrazar al viajero, tomarlo entre sus brazos para quedarse con él. Recordé, entonces, los cuentos de fantasmas, de ninfas, de bruja, de hadas , gnomos y personajes maravillosos con que el abuelo lleno nuestras tardes de hastío en fantásticas veladas. Me estremecí pensando en aquellos personajes de ficción y en la noche que se aproximaba. Recogí los bártulos y apreté el paso. El camino se hacia cada vez mas pendiente y escabroso en la medida en que se aproximaba al valle. Era como si fuera indispensable saltar al vacío para alcanzar las tierras bajas y, con ellas, la tranquilidad de espíritu. Se adhirió a mi mente, a mi cuerpo, a todo mi ser un extraño presentimiento. Tenia miedo. Era un soldado acobardado sin saber a qué...

El sol rumbo al ocaso. La tarde color malva y la neblina que comenzaba a cubrirlo todo hacían el camino mas difícil. Se difuminaban los contornos de las cosas y el esfuerzo visual era cada vez mayor. Avanzaba con dificultad por los difíciles recodos del camino. Me esforzaba adivinando lo que tenia al frente: Todas las formas se confundían y los ruidos, no se por que eran mas perceptibles, lo que me obligaba a agudizar el oído.No quería ser sorprendido por un animal o por un salteador de caminos. Seguía adelante con determinación puestos los cinco sentidos en cada paso. La luz del sol escapaba por el horizonte y estaba quedando a merced de las tinieblas. Escuche un fuerte batir de alas sobre las copas de los árboles y luego un ruido fuerte de algo que cae... luego silencio..., un profundo silencio. Me detuve un instante, afine el oído y la vista pero no escuchaba ni veía nada fuera de las sombras borrosas del entorno. Me coloque el petate a las espaldas y agarre , con fuerza, el fusil con las dos manos, en posición de combate, avance con sigilo, en cuclillas, con el alma en vilo y el corazón golpeándome en el pecho como un martillo y con la esperanza de que no fuera nada...

Agudice mas la vista y, al fondo del camino, sobre la gruesa rama de un viejo chopo, un pajaro inmenso, negro y misterioso, me miraba fijamente. Quede paralizado por unos instantes sin apartar la vista de aquella vision. Recupere el aliento, puse la rodilla izquierda en tierra y me heche el fusil al hombro, sin pestañear, a la espera del siguiente movimiento. El pajaro no me quitaba sus brillantes ojos de encima. Me miraba como si estuviera midiendo su presa, su pico afilado y corvo brillaba bajo las últimas luces de la tarde mientras permanecia quieto y agazapado en su rama... Depronto, abrio sus inmensas alas, estiro el cuello, abrio el pico y se lanzo sobre mi en medio de un horroroso graznido. Un fogonaso ilumino el entorno y retumbo por el bosque y por entre las cañadas un seco estampido. No vi caer el animal... No pare de correr hasta llegar al valle... Los recuerdos aun me estremecen...

- Soldado X , salio Usted de franquicia el sábado de los luctuosos hechos?
-Si, si Señor, así fue.
-Se encontró Usted, por el camino, con alguna persona?
-No. No señor.
-¿Vio o hubo algún suceso extraño que llamara su atención?
-Si. Si, Señor, al atardecer, cuando el sol se ponía en el horizonte y la neblina subia del valle para instalarse en las cumbres, escuche en el bosque, sobre las copas de los árboles un ruidoso batir de alas que me sorprendió. Luego, sobre un viejo chopo vi un pájaro inmenso, negro de corvo pico que me miraba fijamente. Yo me asuste. Me eche el fusil al hombro y le dispare cuando emprendió el vuelo para atacarme. No vi si cayo o no porque me lance a correr, sin tomar aliento, hasta que alcance el valle...

-Soldado, el pajaro de que Usted habla era la vieja Achieta, mujer de ochenta años, mal llamada por sus vecinos la bruja. ¡Queda Usted detenido por homicidio!







miércoles, 8 de agosto de 2007

BARBARITA


Le llamábamos Barbarita. Era una chica venida de las profundidades de la selva. ¿Quien la trajo a casa? Ya no lo recuerdo. Solo recuerdo que una mañana se presentaron con ella en casa y que nuestra sorpresa fue mayuscula, no por que fuera una indigena, sino por las pinturas o tatuajes sobre su piel. ¿Cuantos años tenia? No lo se, pero frisaban entre la pubertad y la adolescencia, por su estatura y su cuerpo menudo se adivinaba que aun era una niña. Al principio de su estancia en nuestra casa su conportamiento fue osco, uraño,desconfiado y retraido. Se ocultaba de todo y de todos y buscaba para ello los lugares mas apartados y oscuros. Sus ojos grandes y negros miraban con desconcierto, asustados, fijamente, como mira un felino el proximo movimiento de su presa o de un casual oponente. Su actitud nos producia sorpresa y perplejidad. Aun que nos esforzabamos no acertabamos en el trato, el lenguaje se habia convertido en una barrera casi infranqueable impidiendonos una comunicación aceptable.Barbarita aunque entendia algunas palabras del castellano se empeñaba en hablar la lengua de los Muiscas levantando una barrera mas en nuestra difícil relación. Por todo ello el lenguaje muchas veces más que servirnos de vinculo de unión sirvió para desatar tempestades. Barbarita se enfurecía, no manifestaba sus estados de animo llorando, simplemente se ocultaba y la recatábamos de su escondite no sin cierta dificultad, con muchas risas, muchos dulces y mucho deseo de agradar: Salia de su refugio con una amplia sonrisa pero sus ojos delataban malestar.

Barbarita no era bonita ni fea, tenia bien marcados los rasgos propios de su etnia: piel cetrina,fina, del color del aceite de olivas, de un amarillo verdoso intenso; pelo largo, negro y liso; baja de estatura pero bien conformada; Cara ovalada,casi redonda, donde los ojos de mirada fija y recta indicaban la altivez y el orgullo de su raza, su inteligencia y un extraño conocimiento del entorno donde lo que le era ajeno lo asimilaba con curiosidad y rapidez sin limite. Todo lo escrutaba como si quisiera poseerlo, no hacerlo suyo por el prurito de la propiedad sino por pasar a pertenecer de ese otro, asimilarse, hacer vida en común con el, comulgar de alguna manera con lo desconocido. Esta actitud era quizás lo mas singular de Barbarita. Tengo, aun hoy, la profunda impresión de que sus ojos no le pertenecían, eran ajenos a su cuerpo, habían sido puestos en su cara para que miraran mas allá del espejo...

Su comportamiento también era extraño. Nunca protestaba, no se le oía una mala palabra, no era sumisa, al contrario,manifestaba permanentemente su independencia. Sus ojos condenaban toda actitud que indicara servidumbre tanto mas si se aplicaba a ella, manteniéndose en callado silencio. Cuando se le reconvenía, de buenas formas, porque había cometido alguna pequeña falta, contestaba con naturalidad, ingenuamente: -decía- "no tenia sueño", "quería probarlo","se me ha caído", "tenia hambre" , " no me gusta", "no quería hacerlo" etc,etc, desarmando cualquier actitud sancionadora, convirtiendo el desaguisado en una anécdota humorística.

Barbarita tenia una vida espiritual muy amplia y profunda.Muchas veces le pregunte sobre sus Dioses sin recibir respuesta. Eran suyos y los guardaba como un tesoro. Mito o Tabú eran parte de su interioridad, de su ser estremecido ante la deidad. Su recogimiento era real. Se extasiaba en sus meditaciones, su espíritu navegaba, entonces, rutas desconocidas, complejas invocaciones que lo hacían mas antiguo, mas viejo, mas sabio y su rostro y su actitud cada vez mas joven, mas preparado para la vida diaria. Mientras estaba absorta se convertía en una extraña criatura, su mirada se perdía en el vacío, su cara de niña tomaba las connotaciones de una anciana invadida por una paz espiritual que imponía respeto. Nadie se hubiera atrevido a tocarla en aquellos instantes. Estaba tan lejana. En aquellos momentos su tristeza era tan antigua como su espíritu. Yo la vi muchas veces en estado de éxtasis. Tuve miedo por ella. Entonces, simplemente velaba su estado en silencio esperando a que regresara del mas allá. De pronto, en unos segundos, volvía a la vida, se activaba como un cachorro e iba de un lad0 a otro desarrollando las labores que había dejado pendientes hasta terminarlas.

Cuando regresaba de ese viaje misterioso era mas luminosa, como si en ese lugar al que viajaba la cambiaran, le dieran vida y mas seguridad en si misma. Se portaba como si hubiera bebido de la fuente de la sabiduría, de una fuente antigua y eterna a la que solamente ella sabia llegar para calmar su sed de conocimiento y sin desvelar jamas su misterio. Misterio que nunca pude aclarar a pesar de mi insistencia. Siempre quise saber en que profundidades se sumergía y hasta donde llegaba su sabiduría o su ignorancia o mi supina estulticia respecto de sus creencias y cultura. Nunca pude averiguarlo. La única certidumbre que tengo es que Barbarita era analfabeta , un alma buena y de una curiosidad sin limite.

Su curiosidad nos llevaba de sorpresa en sorpresa, no había cosa sobre la que no preguntara, sobre la que no indagara. Le atraían los libros, las revistas, los periódicos y en general todo lo que estaba impreso, pero no lo hacia por las fotografías , dibujos o por las historietas, que también por todo ello, sino por las letras, los extraños símbolos que allí se reunían y que ella no entendía y sobre los que terminaba inquiriendo a quien estuviera presente sobre lo que querían decir, sobre su significado. Ahí no terminaba su curiosidad, lápiz en mano imitaba los símbolos, los copiaba y memorizaba sus nombres y los repetía como un loro: "a", "e", "i", "o", "u", "l", "x", "y", "z", etc. Su memoria gráfica y verbal eran sorprendentes, tanto mas si se tiene en cuenta que, antes de llegar a nuestra casa, no había visto una letra. Su mundo hasta entonces había sido la frondosidad de la selva tropical, su exuberancia y colorido, sus múltiples sonidos, la diversidad del mundo animal y los rústicos objetos de la vida diaria.

Poco a poco fue cambiando de costumbres, se aplicaba en las labores diarias ganándole tiempo a su devoción: Las revistas, los periódicos y los libros. Pasado algún tiempo no volvió a hacer preguntas, se aplicaba en las paginas, las pasaba una a una, regresaba y repasaba, seguía adelante imperturbable, abstraída en las paginas impresas que tenia entre sus manos. Su rostro serio nos impedía preguntarle lo que hacia y, como no molestaba, la dejábamos hacer, al fin ya había cumplido con sus deberes. Su actitud no me molestaba, me inquietaba, me llenaba de curiosidad. ¿Qué hacia? ¡ Si no sabe leer! Un día cualquiera, cogió un libro de la biblioteca,se sentó en una silla y , como de costumbre se sumió en un profundo silencio pasando las hojas con lentitud, como si leyera. Yo la observaba curioso. Al fin, en un receso de su actividad,en un momento en que levanto sus ojos del libro pude interrogarla:
-¿Qué haces Barbarita? ¿ Quieres que te explique algo?
Me miro en silencio, sonrió, bajo su mirada a las paginas del libro y leyó en voz alta:
-"Veinte mil leguas de viaje submarino"....








lunes, 6 de agosto de 2007

MAS ALLÁ DEL ESPEJO


MAS ALLÁ DEL ESPEJO

Hablar de si mismo me parece una incoherencia,un acto de arrogancia, falta de humildad, y, en el peor de los casos, faltar a la objetividad, falsear la realidad y olvidarse que ha de mirarse como un suceso ajeno a nosotros mismos. No quiero que ésta página en blanco cargue con mis negras culpas. No deseo mancharla con mis recuerdos toda vez que se alejen de la verdad. No será fácil. Querré ocultar los hechos que llenen mi vida de ignominia y otros querré magnificarlos para mi propia gloria, mas no seria honesto de mi parte. Es la angustia la que me obliga a obrar. Los fantasmas de mi infancia o el reblandecimiento de las meninges propio de la edad:El espíritu se reblandece y la voluntad se quiebra. ¿Pero, que delito cometí entonces? ¿Qué infamia cometí para ser un proscrito? No lo se.Quizás lo barrunte desmenuzando reminiscencias de entonces, evocando los flash de la memoria que diariamente me atormentan, oscureciendo con negros nubarrones el panorama de mi futuro...

Registrar la crónica de mi vida de ésos primeros años y su incidencia ahora, cuando llevo el sol cargado a las espaldas, se me presenta como algo intolerable, pero el agujón de un deseo que me supera esta ahí, azuzándome, sin dejarme dormir, acusándome de un crimen que no recuerdo haber cometido. Soy consciente de que los hombres, incluido yo, con el transcurrir del tiempo vamos perdiendo los valores que nos sustentaron en los años mozos, la rebeldía y la capacidad de asombro, vamos cayendo lentamente en la bajeza, perdemos la virtud y cuestionamos nuestra propia existencia,perdemos la fe y dejamos de creer en los Dioses y en los hombres,y pensamos, no sin cierta razón, que hemos sido esclavos de las circunstancias, sin percatarnos, que lo hemos sido de nuestra propia debilidad, de las tentaciones que con tanta insistencia nos prevenían los guias espirituales: el mundo, el demonio y la carne, y, que a pesar de todo, devoramos golosamente, sin templanza , para compensar nuestra propia abulia, traspasando el umbral de la realidad pensando que estamos viviendo un agradable sueño.

Mis orígenes descienden de una estirpe de temperamento recio, pragmático y profundamente civil que dejaba poco a la imaginación al servicio de la razón. No es mi caso. Herede no se de quien una imaginación excitable, facilidad de palabra y buenos recursos dialécticos para el altercado verbal. Estas habilidades no siempre me fueron propicias, porque si bien es cierto que ganaba amigos y adeptos con facilidad, no es menos cierto que recogía con prodigalidad enemigos no siempre gratuitos. Pronto comprendí que los amigos se ganan por afinidades mas o menos aleatorias y que los enemigos se buscan. Pero si los primeros son fuente de satisfacciones, los segundos permitirán que te juzguen como un hombre de carácter bien formado o como a un cualquiera según la calidad y valía de los mismos. Ello que debemos escoger a nuestros enemigos con el mayor cuidado en la certeza de que de nuestro acierto siempre estaremos frente a ellos, si no como pares, por lo menos un poco por encima de sus propias mezquindades.

Vi la luz por primera vez en una barriada denominada El Vergel,localizada al nor- occidente de la Capital. Su nombre no provenía de una privilegiada localización entre parques y frondosas avenidas sino de un guiño furioso a la mas absoluta deforestación, ni un árbol,ni un parque, ni una planta.Era un nombre erigido al extraño mundo del su realismo , anclado a una pica, gracias a las macetas donde nuestras madres pretendían mantener vivos y floridos unos geranios marchitos. El Vergel solo era un oasis en nuestra imaginación.Todo lo demás estaba sembrado de cemento, calles adoquinadas o de tierra pisada, altas tapias propias de las construcciones coloniales, fachadas colgadas de balcones donde alguna maceta dejaba ver una planta mas mustia que verde. Mi casa, dentro del barrio, era grande, con muchos dormitorios, puertas y ventanas. Su perímetro estaba cerrado por un alto y amplio muro, como si de un castillo se tratara y cuya única salida al exterior la formaba una gran puerta de madera maciza distribuida en dos hojas y colgada sobre fuertes goznes de hierro que chirriaban al menor golpe de viento.Las habitaciones se distribuían adosadas a los muros en los diversos patios y recovecos propios de su construcción irregular. De sus habitantes lo sabíamos todo, vicios y virtudes, necesidades y angustias y algún que otro día feliz en que amablemente compartían la sonrisa. La casa era un misterio propicia a los cuentos de fantasmas, de terror, de gnomos, hadas y princesas y no pocos duendes que pululaban por todas las estancias causando no pocos sobresaltos.Los niños que nos reuníamos en sus amplios patios jugábamos a todo ello hasta el delirio, las lágrimas, el susto o el terror. Los corredores, los patios, las habitaciones adosadas a los muros, sus ventanas y balcones se prestaban a los mas variados juegos y hasta los adultos participaban ingenuamente de nuestra fascinada exaltación, no así mi Padre que se mantenía inalterable en sus principios, en el cumplimiento de sus deberes y obligaciones y en tratar de inculcarnos, a toda costa, que es la verdad y la razón la que debe prevalecer en todos nuestros actos. -No dejéis, afirmaba con frecuencia, que os quiten la razón cuando estéis ciertos de vuestros actos así vaya en ello vuestra propia vida, la libertad es vuestra única herencia y nadie puede arrebatárosla- Para nosotros eran solo palabras sin ningún significado, pero que muchas veces repetidas calaron en nuestro espíritu y se quedaron grabadas en la memoria. En la casa siempre guste de mirar a la calle por el ojo de la cerradura, amplio foco de visión me permitían ver en un flash a los transeúntes, mi imaginación ordenaba sus vidas ordenándolas sin ningún concierto para darle sentido a su existencia. Por ello fui reprendido muchas veces pero, aun hoy, guardo la costumbre de observar por la calle a mis semejantes, mirando con atención su rictus, la expresión de sus ojos, su afán de llegar a alguna parte, la angustia y hasta el horror de vivir. Esta costumbre me ha permitido conocer un poco mas a los hombres, aveces, en beneficio propia y otras en detrimento ajeno. Es la vida, su desenfadado desarrollo, las vivencias que van marcando sin cesar nuestro destino.

Mis primeros recuerdos de escolar fueron,¡manes de mi destino!,la liberación de los altos muros de la casa paterna, el campo a cielo abierto, el aire golpeando la cara con los cabellos al viento, el salto alegre o intimidado el corazón ante una nueva situación completamente desconocida. Eso esperaba, al menos, no solo mi impaciencia, mi cabeza demente y mi natural deseo de cambio hacia nuevos horizontes, pero, como de costumbre, los cambios se producen con mayor lentitud que la duración de una vida. Debo agregar, en honor a la verdad, que todo no fue desilusión y tristeza: se abrieron nuevas puertas y ventanas, nuevos muros, nuevos conceptos de valor, restricciones sagradas y humanas, normas estrictas y nuevos preceptores con un amplio poder y juicio para aplicar normas y disciplina en cumplimiento de su deber. La escuela se encontraba situada en un antiguo monasterio de planta redonda de elevados muros y torres fortificadas, en la cima de la montaña, rodeada de pinares, desde donde podía divisarse la plaza del pueblo, las torres de la iglesia, los tejados de las casas y el ir y venir, sin ninguna prisa, de sus habitantes. Desde que vi la inmensa casona, que los lugareños llamaban el castillo, no me sorprendí, me produjo fascinación, el misterio estaba el ella y en mi propia fantasía, también en la nostalgia de las cosas perdidas, en la amargura de dejar el lar de infancia y en la esperanza de una nueva aventura. Ahora mismo, cuando dejo sobre el papel mis recuerdos, siento, como la primera vez, la refre3scante atmósfera que lo rodeaba, aspiro la fragancia de la pinada y los arbustos que la rodeaban y el exquisito olor de las plantas de flores cuidadosamente dispuestas en macetas y el penetrante olor del pan recién horneado, me esfuerzo con ternura de niño estremecido en volver a oír , a lo lejos, el eco de las voces provenientes de la plaza y el tañido de las campanas en las torres de la iglesia. Todo parecía un sueño propicio al bienestar del espíritu pero, en mas de una ocasión, las cosas salen como no se esperan.

Como he apuntado la casona era antigua, de planta redonda, trazo irregular de altos muros y torres fortificadas. Todo indicaba que sus altas tapias eran el limite de nuestros dominios, la libertad, como de costumbre,estaba limitada por cierta arbitrariedad, igualmente nuestras fantasías y deseos. Aquellos muros marcarían para siempre nuestros sensibles temperamentos, decidirían, de alguna manera, nuestro futuro para nuestra gloria o para nuestro infortunio, serian motivo de alegrías y tristezas y fuente inagotable de vagas esperanzas. Las vidas son como las olas, crecen lenta y pausadamente, se encrespan, y pasado algún tiempo, se van desvaneciendo para morir serenamente en cualquier playa o repentinamente, en un espasmo, contra un acantilado. Dentro, el antiguo convento, fue construido a rampas, en espiral, como en una retorcida concha de caracol,y, adosados, contra sus pesados muros, se dispusieron los nichos con pequeños ventanucos y estrechas puertas que les daban acceso. Sus paredes limpias, un camastro y un crucifijo sobre la cabecera denotaban la austeridad de los monjes en sus aposentos. habían otras estancias largas y estrechas que nos servían de aulas o de lugar de reposo y que, en otro tiempo, debieron tener otros destinos. Allí, los alumnos, nunca sabíamos con certeza donde nos encontrábamos. No podía hablarse con propiedad de pisos dada su disposición en espiral, por rampas. La única forma de encaminarse dependía de la capacidad individual de orientación y de la observación y conocimiento de la nomenclatura que habían utilizado desde tiempos inmemoriales a tal efecto. Al principio fue difícil, no conocíamos la grafía, encima de las puertas de cada una de las estancias se había grabado, sobre la piedra, una letra del alfabeto griego desde alfa hasta omega y, al final de la espiral, en la última puerta, un signo, que según dijeron, representaba el infinito, un ocho en posición horizontal, en reposo , como todo lo que dura eternamente. Quizás sea éste el recuerdo mas portentoso de aquella época. Al abrir aquella puerta la sorpresa era maravillosa, se abría ante los ojos del espectador, durante el día, un cielo abierto e infinitamente azul y, en las noches, un domo nutrido de estrellas motivando aún más la fantasía y el prístino sentido del infinito.

En las aulas largas bancas de madera, con estrecho reclinatorio, servían de incómodos pupitres. Los preceptores tenían una mesa de madera maciza y una silla colocadas sobre una tarima que les permitía una amplia visión sobre la estancia. ¡Con cuanto asombro y resignación recuerdo a mis maestros!. Hombres reverentes de rostros serenos,sonrisa permanente y aspecto sumiso cuando de sus superiores se trataba o cuando, esporádicamente, se citaban reuniones de la comunidad, cuando no, en las aulas, agrios los rostros, fruncido el ceño, administraban los conocimientos y la disciplina férula en mano y a grito en cuello. No eran todos, es verdad, los menos,con humildad y entrega nos enseñaron a vivir y a mirar las letras y las ciencias con curiosidad y respeto. De éstos guardo gratos recuerdos, de los otros, el profundo malestar provocado por su impaciencia, vanidad sin limite, fatuidad de juicio y engreimiento permanente.Las puertas de las aulas eran de hierro forjado, pesadas, colgadas de gruesos y herrumbrosos goznes que ante cualquier movimiento chirriaban, distrayendo nuestra atención y llevándonos, sin quererlo, al mundo de los maravilloso y el misterio, al mundo de los fantasmas y los duendes, al mundo asombroso de la meditación, la observación y la fantasía, ¡que paradoja!,
de la dispersión de la atención nace la ficción.

Los pasillos interiores nos servían de patio de juegos y la irregularidad de su construcción llena de revueltas y salientes de propicios escondrijos. ¡ Que palacio de encantamiento era éste edificio para nuestro solas! ¡ Que misterios escondía detrás de cada puerta! ¡Que sustos en cada arista! ¡ Cuantas alegrías y cuanto desconcierto general de los espíritus!. Como quiera que dentro de la casona siempre se avanzaba en círculos retorciendo los espacios sobre si mismos y curvando las estancias, siempre teníamos la sensación, con respecto a la casa que era idéntica al signo grabado sobre la última puerta como representación del infinito. Allí aprendí mis primeras letras, malos tratos, lecturas edificantes y unos cuantos dislates. Leer un libro de su reducida biblioteca era un esfuerzo de rompecabezas, tantas cicatrices tenían,tantas hojas sueltas, rasguños y enmendaduras que dificultaban la labor del pensamiento enfrentándolo a un perpetuo colage de escasa comprensión. ¡Menos mal que el cerebro de un niño no necesita de los sucesos exteriores para ocuparse y divertirse! Bastale con su imaginación y las pequeñas excitaciones que le ofrece el entorno en que mora para moldear a satisfacción´n sus vivencias. Adultos, somos incapaces de estas proezas, los recuerdos mas vividos son grises, moran en el olvido, sometidos a la lógica de lo que ya no es, en la inútil esperanza de sentirnos jóvenes ocultando los pequeños placeres y los fantasmagóricos dolores de los días idos. No es mi caso, me atosigan los recuerdos, los fantasmas se agolpan en mi8 memoria, imágenes vividas y sentidas pidiendo libertad... ¿De qué? ¿Qué tengo que liberar? ¿Qué oculto crimen he cometido? ¿ Que fatalidad se me oculta? No lo sé. Me vuelco en mis recuerdos y solo se me revelan las pequeñas riñas, los juegos, las horas de oración,, las cariñosas picardas, los berrinches provocados por las injusticias, el disgusto provocado por las caras hoscas, la férula, la muerte de mi madre que nos dejo sin norte durante mucho tiempo y pocas otras cosas mas sin ninguna importancia. Entonces, ¿por qué éste martirio? Seguiré sumiso su ritmo hasta aclarar el contenido.

Mi nervioso temperamento, mi actividad permanente, mi curiosidad sin limite, el imperio de mis dictados me ganaron pronto cierta ascendencia entre mis condiscípulos. Me mantenía inalterable en todos los sucesos y saraos con la intención de ser el mejor por gamberra que fuera la acción o difícil que se presentara una lección. La puja era constante, tenia un alter ego que se oponía a mis des¡gnios , osaba competir con migo en los estudios , en los deportes, en los recreos y hasta en las pequeñas riñas que se formaban por cualquier menudencia, y, lo que más me incomodaba era su resistencia a someterse a mi voluntad, a mi omnímodo arbitrio, supremo despotismo que no pocas veces ejercía sobre los mas débiles y menos dotados. La rebelión de mi alter ego era para mi una fuente de constante disgusto, tanto mas cuanto que,he de reconocer, que en el fondo de mi ser sentía por él respeto y hasta temor. Lo veía como a un igual y no deje de pensar que esa igualdad era en él un signo de superioridad que me obligaba a mantenerme en una lucha perpetua. Siempre supe, por la actitud de los demás, que su competencia, su oposición, su obstinación ante mis propósitos, solo era observada por mi pasando inadvertida para todos los demás. Puede parecer extraño que a pesar de la contrariedad que me causaba su rivalidad y su intolerancia tuviera por él ninguna antipatía aun teniendo en cuenta que no había día que no tuviéramos algún enfrentamiento que se sanjaba con una mirada cómplice, una sonrisa o una venia que deshacía el entuerto. Se las arreglaba bien para que yo entendiera, que a pesar de todo, era mio el control. Siempre me ha resultado difícil entender y resumir mis sentimientos hacia mi alter-ego. Consustancial mente siempre he tenido y quizás así lo entendiera mi alter-ego que lo anómalo de la relación encaminaba nuestras inquinas, que eran muchas, abiertas o encubiertas a la apariencia de una diversión convertida en pesadas bromas evitando cuidadosamente la franca hostilidad. Buscábamos con afán como zaherirnos, con lengua afilada,y, no pocas veces, escarbando en cualquier pequeño defecto que sirviera al efecto, pero siempre chocábamos con la austeridad del carácter que impedía, como un colchón, la explosión incontrolada de nuestros sentimientos.

No eran solamente las actitudes las que entraban en este juego macabro. En la medida en que pasaba el tiempo acumulando riñas e inquiriendo en vendettas avanzamos en un proceso de mimetización de nuestras personas fisica y mental, copiando modos y actitudes, diccion y hasta lkos pequeños guiños y tics corporales para acentuar nuestros tormentos. Muchas veces llegamos al aturdimiento, al embrutecimiento de nuestras facultades hasta quedar obnubilados por nuestro propio desden hacia el otro, y, en eso0s breves instantes, saltaba como un destello una actitud moral reconciliatoria en forma de buen consejo cancinamente insinuado, como un susurro al oido, para que solo fuera escuchado a quien iba dirigido. Yo rechazaba esa actitud cobarde que pasabdo el tiempo se acentuaba y, que sin embargo, he de reconocer que dichas sugestiones eran balsamo en nuestro particular litigio. La sensatez las precedia y fueramos mejores si con mas humildad y menos amor propio las hubieramos acogido con mayor frecuencia.

"No hay mal que dure cien años", al fin, vencidos por el cansancio, terminamos por impacientarnos ante la férrea vigilancia de nuestros actos, ante la arrogancia de nuestro carácter, ante la intolerancia que cada vez más nos ofendía dirigiendo nuestros sentimientos, análogamente, hacia el mas profundo odio y procuramos, sin conseguirlo del todo, evitarnos, pasar de largo de nuestros frecuentes envites y hacernos la vida pasajera. Pero no fué así, el daño estaba hecho, nuestras mentes calenturientas buscaban nuevos motivos para la acción refinando métodos y desempolvando equívocos. No contábamos, deslices de la juventud, que todo tiene un final, el tiempo nada perdona y los días de clases tocaban a su final, también nuestra permanencia en la escuela. Creí que la ilusión tantas veces mantenida y alimentada por nuestras disputas al fin se desvanecía. Nunca pensé que el pesado fardo teníamos que llevarlo fuera de las aulas y menos aún que hiciera parte de nuestro propio carácter como una herencia genética, entonces, me odie y odie en el otro las marrullerías de que nos valimos durante tantos años para solas de nuestros compañeros y perjuicio propio. Pudo mas el orgullo que la humildad y en lugar de perdonarnos para cerrar el ciclo, ante la inminencia del adiós final, buscamos el toque de gracia, el acto final que sanjara de una vez y para siempre quien era el amo y señor del pequeño corral de nuestr4as intrigas y desavenencias, quien podía levantar la bandera del triunfo ante la algarabía de sus condiscípulos. Cada cual se recluyo dentro de si, se amurallo en busca de la estocada final, el acto tenia que ser glorioso e impactante para que el jolgorio que produjera fuera espectacular. El enemigo tenia que ser derrotado y humillado para resarcir tantas noches de insomnio, tantos desvelos y malos ratos. Había que salir airoso del ultimo lance.


Me recluí en mi cubículo y repase mi tortuosa vida semejante a la antigua casona de planta redonda, tortuosos corredores, recovecos y pasillos donde pase mis primeros años de escolar. Tantas aristas, puertas y ventanas, las grafías griegas sobre las puertas y el indeleble signo del infinito en perpetuo reposo, la magnificencia de esa última puerta, el cielo abierto y el domo astral en claras noches de estío. Fantasías, ilusiones y esperanzas se agolparon en mi cabeza en un ejercicio de remembranza valorando cada acción, haciendo cuentas, en la vana esperanza de haber acertado. Removí todos mis recuerdos, los puse en orden,y, a pesar de ello,no encontré una explicación que diera satisfacción a mis acciones. El desconcierto que me produjo el aserto desequilibro mi moderación, mi temperamento y comencé a divagar por senderos aun mas tortuosos. Daba vueltas y revueltas sobre si mismo cada vez mas fuera de si . Me tire sobre la cama para descansar y tratar de organizar mis pensamientos pero fue en vano .Cansado, tembloroso, me levante fui hacia el espejo colgado en la pared y me mire en él, el otro estaba ahí, me miraba con una sonrisa sarcástica detrás del azogue. ¡Habia triunfado! . En la puerta, mis compañeros, soltaron una estruendosa carcajada haciendo aún más ostentosa mi humillación.















miércoles, 2 de mayo de 2007

MISIA MARIA MALETAS MACHUCA TERRONES/ CAHGUANÍ



Miércoles 2 de mayo de 2007
MISIA MARIA MALETAS MACHUCA TERRONES/ CAHGUANÍ

Hace mucho tiempo conocí a una anciana que por toda enfermedad cargaba su vejez de la que decía que iba a morir en el recodo enmontado de un camino, por que ellos habían sido su albergue en su vida de trovador y el mundo y los hombres su más cara ilusión. De este mundo, para su ser, tomo todo y, su única extrañeza a pesar de la ignorancia de las letras era la impaciencia, la falta de reflexión y la necedad de sus semejantes. Parlanchina, vivaracha, deseo siempre el silencio de los caminos por entre la flora y bajo el sol que ilumina la historia que la vida en comunidad que no entendía. En sus largas jornadas, sola, su meditación no iba más allá de este mundo porque desechaba a Dios del que hablaba tan bien...

Los días de mercado, María Maletas Machuca Terrones, amanecía en el poblado, con sus trebejos al hombro, con sus manos arrugadas mendigando, con sus ojos centelleantes censurando e inquiriendo, y, por vuelta de lo recibido, a flor de labios marchitos, una máxima lozana que robustecía el espíritu. Su sobre nombre, más que el producto de machacar terrones con su bordón hasta verterlos polvo, era el producto de su posición ante el mundo que tanto amo y al que quiso redimir con su voz de litigante, de regateo frente a sus interlocutores, de quienes muchas veces, entre los más cuerdos, arranco una lagrima a los diques del ungís, y, de otros, los menos, una carcajada de estupidez y una mirada sin pensamiento, que es en el fondo, la perplejidad que causa el reconocimiento de lo que no queremos admitir.

Siempre que la escuche tuve la impresión de que aquel cuerpo magro, raquítico, se hallaba liberado de todo menos del mundo, al que se entrego virtuosamente, convencida de que era lo único digno de amar, hundida hasta la saciedad y con la seguridad en la grandeza del hombre, con la siempre joven esperanza en la vida, donde Dios no tiene cabida en los intereses del hombre. Era consciente de que el hombre, muy a pesar de los atavismos religiosos y jurídicos, tenia preferencia por lo que le ofrecían sus sentidos y el instinto, primaban en él los goces del cuerpo sobre los del alma, la vida en la tierra a la esperanza en paraísos y nirvanas.

En el pueblo, se sentaba en los escaños de la plaza, quizás porque allí, en medio del bullicio del mercado reverberaba la vida a los gritos de la oferta y la demanda, y, porque el rictus de las gentes que en ella se agolpaban hacían le esbozar sus máximas rebosantes de sabiduría y realidad, y además, porque era el centro de su auditorio. ¡Que le importaba que el párroco maldijera su nombre y amenazara con excomunión a quien la escuchara si su credo era el hombre y el mundo que existe! Su rebeldía no era una rebeldía individual ni heroica, no pretendía descabalgar el establecimiento ni violentar los códigos, solo pretende educar al hombre en la dignidad moral y en la responsabilidad civil sin atavismos de ninguna índole.

Siempre hubo dialogo en rededor de su figura, las preguntas y las respuestas se sucedían atropelladamente, todos querían saber, de primera mano, la última máxima. Un domingo, entrada ya la tarde, escuche éste dialogo:
-Hola, María Maletas, ¿Como estas?
-Con los pies sobre el mundo y mi espíritu y mi bordón sobre el terrón.
-¡Que te entienda el diablo, María Maletas!
-No vivas del pasado, de tus perennes recuerdos, de tus mejores desde aquel otro lamentable, con ello, sepultaras tu presente y el de la humanidad entera. Así no vives, más aún, no dejas vivir...
-No digas esas cosas, ¿cómo se vive sin experiencias, sin Dios, sin fe?
-No, eso no representa toda la existencia, ella es algo más que ese pesimismo fatuo engendrado por los Dioses, por los oráculos y por sus creyentes, por los perjuicios del ser humano que no es capaz de realizar el momento presente sin pensar, más allá de lo correcto, en el que viene y en el que paso para su dolor o para su gloria. No, eso no es la existencia, tenemos que cotejar el pasado sin caer en el remordimiento de la acción fallida ni con temor al futuro aplicándonos, con voluntad férrea, al momento real y objetivo que vivimos y al que viene si alcanzamos... La vida hay que vivirla del todo, con humildad, plenamente, los Dioses no cuentan...¡ Solo el hombre y su acción!

Todos quedaban ante sus argumentos desconcertados, con la mirada perdida en el infinito y con un rostro de perplejidad que asustaba. ¿Acaso no sería excomulgado quien escuchara la vieja hereje? ¿O era que la realidad de sus palabras asustaba más que aturdía? No sabría decirlo con certeza, pero su influencia pesaba sobre los espíritus muy a pesar de la religiosidad de las gentes para las que siempre tenía palabras oportunas.

Llegada la tarde, en la soleada plaza, quedaba la vieja queriendo retener un transeúnte. En el poblado le horrorizaba la soledad. No quería quedarse sola, le consternaba su insomnio con la iglesia de elevadas torres y campanas lúgubres ante sus ojos. Tenía miedo. Toda ella se apoyaba en el hombre al que quería redimir. Se aferraba a ese ser por quien demostraba tanto interés. No quería abandonarlo a sus pasiones animales e irreflexivas que una religión perdonaba con indulgencia o negligencia. Quería hacer de ese hombre que tanto había amado en la soledad de los caminos o en el bullicio de los poblados un hombre nuevo. Siempre anhelo un auditorio de mentes jóvenes y lo hallo. Laso jóvenes -decía- no saben que la experiencia es una batalla en la que hay que perder lo todo para aprender un poco. Los jóvenes tienen que soportar la vida y despreciar cualquier clase de suicidio. Deben vivir y llegar a viejos, locos, ebrios o sabios, el cómo no importa, su fin en últimas, será un fin digno y admirable, morirán bellamente si mueren viviendo. Para los hombres esto no será un consuelo sino un apremio. Los hombres edifican para la vejez, de la que soy una representante, pero yo no me he equivocado, yo no le di ocio, ese ocio que se dan muchos para descansar, pero que, hundido el espíritu en la edad, comprenden que ese anhelo, en tantos años engendrado, es falso, y, con tristeza, comprenden que necesitan de la juventud de otros hombres para apoyarse y que todo lo viejo es caduco solo en la medida en que no quieren reconocer y vivir de lo nuevo para sustentarse...

Un domingo lluvioso, bajo la ceiba de la plaza, sintiendo que su vida se apagaba, agrupo la vieja, difícilmente, a los jóvenes que transitaban por el mercado. Reprimió las lágrimas para que no dudaran de su entereza de carácter, tomo las manos de algún de los allí presentes para darse aliento, y, en los estertores de la muerte, con voz firme, pronuncio su postrer aforismo:
-¡Gritad, jóvenes, que si os dan la vida, que si os dejan obtener vivencias, les devolveréis a cambio una cultura!

martes, 13 de febrero de 2007

UNA CARTA


Martes 13 de febrero de 2007
UNA CARTA
Estimados amigos, hemos sabido por X y Y, y también por Z, que el resto del viaje se realizo sin contrariedades y que ustedes, a pesar de los contratiempos en Madrid, por fin se encuentran en casa, hecho que nos satisface, porque sabemos, como ustedes, del afán y la tranquilidad de estar con los nuestros. Nosotros, gracias a Apolo, Júpiter y a todo el Olimpo Griego, nos encontramos con los nuestros, disfrutando de mejor clima y más calor de hogar.

De Ginebra en adelante, apurando el peor rato, ocasionado por la tristeza de la separación, especialmente de ustedes con quienes nos divertimos tanto, nos internamos por los Alpes en busca de Italianas tierras pergeñando la historia de la Roma Imperial, del cuattrocento Florentino cuna del renacimiento, y del más vasto imperio ideológico contemporáneo, El Vaticano. Todo lo encontramos y lo vimos, muy a pesar nuestro, a vuelo de neblí aligero.

Ingresamos por Venecia lacustre, por canales tortuosos y la mar de góndolas en rápido crucero. Permítaseme una anécdota que servirá para reflejar el sol del medio día de ésta romántica ciudad:

Encontramos en un hotel de Roma, de amplias plazas y espaciosa piscina, a una dona de torso ebúrneo, cincelado, seguramente, por Leonardo da Vinci o por Miguel Ángel, vaya usted a saber, que, de piscina en piscina, tantas que contamos hasta cien, sin contar las que no vimos. Nosotros y quienes observaban a nuestro lado, con pasmo, tal estado físico, apostamos todos a una que debía de ser campeona de natación; otros afirmaban que era quien en reiteradas ocasiones había atravesado a nado el Canal de la Mancha, y, los menos, que era una sirena que había adquirido el hotel para atraer a los turistas. Así en estas cábalas, dizques y diretes nuestra dama salió del agua y optamos por preguntarle quien era... a lo que respondió:

-¡Puta Callejera en Venecia!
Venecia es además una ciudad impresionante por su arquitectura que cierra con galanura la gran plaza de San Marcos. Son de especial mención sus antiguas fábricas de cristal de Murano, la fundación Pegy, el Guggenheim, el Palacio Ducale, el Puente Rialto, el Campanario de San Marcos, el Palacio de Dux y el Museo de Carrer de Pesaro. En Venecia el agua lo determina todo y azas el silencio, ese silencio profundo solo interrumpido por el ruido rítmico del agua al chocar contra los muelles y paredes de los canales, movida por las góndolas y otras embarcaciones. Sus múltiples puentes y canales le dan el carácter de una ciudad romántica.

De Venecia nos dirigimos a Florencia y al renacimiento Italiano: Allí se confunden la política y el arte. Los Medícaselos Orbieto, los Uffisi con Rafael, Donatelo, Giotto y Maquiavelo. La gran plaza de la Lonja de la Signoria donde la escultura tiene asiento refundiendo la escultura Romana Antigua con la escultura del Quinientos Florentino entre las que se destacan el David, el rapto de las sabinas, el grupo de Menelao y Patroclo y a su lado la arquitectura, la Catedral de Santa Crocce, el Palazzo Vecchio, el Duomo de Brunelleschi y Ponte Vecchio. Vale la pena destacar la amabilidad de sus gentes, porte y señorío: Salimos a la calle una noche, ni de rumba, ni de copas, sino con el ánimo de contemplar el claro oscuro de la ciudad. Nos perdimos. Y ella rogando por aparecer y yo afinando la brújula, pero nada, en estos menesteres apareció un florentino todo de rosa vestido. Ante la fantástica visión quisimos correr, no dábamos crédito a los ojos, pero, como es costumbre, puede más la necesidad que la prudencia. Nos acercamos a la aparición y le preguntamos:

-¿Donde queda el Hotel de Giorgio?

Él, con finísimo ademan, rasgando delicadamente con sus dedos índices los ojos hacia las sienes respondió:

-¡Ay, mi amor, aquí estoy!

Llegamos por fin a Roma, a los Museos Vaticanos y al Coliseo, al Foro, a la Fuente de Trevi donde se deben tirar tres monedas, no para alimentar el hambre de quienes las recogen por la noche, sino para regresar a Italia, a las catacumbas y a los Museos Vaticanos. Ya no sabemos qué admirar más, si la lira, no la de los acompañamientos musicales de Nerón, ni la de colgar, sino la moneda Italiana y la habilidad Vaticana para recaudarla. Definitivamente la iglesia es mendicante por naturaleza. Cristo con todo y ser el hijo de Dios no logro sacar a los mercaderes del templo: En los pasillos del Vaticano te venden desde una medallita, un pañuelo, una cartera, unos zapatos o una joya bien engastada.

En el Vaticano se encuentran también las mejores colecciones de arte de todas las épocas. Allí no se habla de Museo Vaticano sino de Museos Vaticanos arrancando de la capilla Sixtina hasta el arte contemporáneo. En conclusión, se debe ir a Roma, pero ojo con las liras. Hoy comprendemos, con toda claridad, porque Roma es la cuna del Derecho...

Cansados, con los ojos enrojecidos por la vigilia ingresamos a Grecia, la alegre, la esplendida, la cuna de la civilización de occidente. Allí hasta el sol es más brillante y el mar de un puro azul. En otros sitios de la tierra la abulia se hubiera convertido en pereza y no en creatividad, de ello nos hablan Homero, Sófocles, Pericles, Solón, Parmenides, Sócrates, Platón, Aristóteles y muchos más. Así mismo la grandeza de sus monumentos, los cuales fueron víctimas de sucesivas invasiones, del fanatismo cristiano y de la codicia y rapiña inglesa. Por ellos han pasado los siglos, pero aún siguen siendo el punto de referencia de la historia, la cultura y las artes.

En Grecia hay sitios que invitan al recogimiento espiritual por todo lo que entrañan de patrimonio científico, cultural y artístico: El teatro Odeón en Epidauro es uno de ellos, allí no se necesitan los avances científicos y técnicos para escuchar desde cualquiera de sus catorce mil plazas el más mínimo suspiro. Delfos, El Partenón, Las cariátides son monumentos que hablan de la grandeza del hombre.

La estatuaria Griega hay que verla en dos ciclos, el primero, en el Museo Nacional de Londres, el segundo, en Grecia en sus diversos museos localizados a lo largo y ancho de su geografía. Otra cosa son sus Islas con sus pueblos llenos de luz y colorido. En fin, no quiero cansarlos con tanta cháchara, ni estar constantemente recordando les nuestras raíces y el divino destello de lo Dionisiaco...

Recorrer Gracia es vivir su mitología, sentirla, acercarse al mundo de los dioses y recorrer la geografía de mano de los Dioses, protegidos y asediados por ellos, no en balde Prometeo es el benefactor por excelencia de la humanidad, en una ocasión estallo una disputa en Silicón, sobre que partes de un animal sacrificado debían ser ofrecidas a los dioses y con que debían quedarse los hombres. Para dirimir la disputa fue elegido Prometeo. El Titán sacrifico al animal e hizo dos bolsas con la piel, en la primera depósito la carne del animal cubierta luego con las viseras y en la segunda los huesos y la grasa toda bien dispuesta. Terminada esta labor llamo a Zeus y le pidió que eligiera una de las bolsas .Zeus escogió la que estaba mejor dispuesta, la de los huesos y la grasa, que era más atractiva a la vista. Desde entonces se les ofrecían a los Dioses los huesos y la grasa de los animales sacrificados.

Zeus enfurecido por la artimaña de la que había sido objeto exclamo:" Que coman la carne cruda" y se negó a proporcionarle a los hombres el fuego. Prometeo, comprometido con la causa de los hombres, entro a escondidas al Olimpo, robo el fuego sagrado y se lo entrego a los hombres.

Disgustado Zeus, por tener que aceptar la peor parte de los animales decidió vengarse. Ordeno a Hefestos que creara y modelase de la arcilla a la primera mujer a imagen de las Diosas; Atenea la vistió, las Gracias la cubrieron de joyas, Afrodita la embelleció y así, sucesivamente los dioses le fueron otorgando gracias hasta que le toco el turno a Hefestos quien le otorgo la maldad, la insidia y fue llamada Pandora.

Zeus se la ofreció a Epimeteo, hermano de Prometeo, quien acepto el obsequio muy a pesar de las advertencias de su hermano en relación con los ofrecimientos de los dioses.

Epimeteo por encargo de Prometeo custodiaba un ánfora donde había logrado encerrar a todos los males de la humanidad. A pesar de que Epimeteo le había prohibido a su mujer abrir aquella ánfora, Pandora acuciada por la curiosidad la abrió. De allí se escaparon todos los males esparciéndose por todos los continentes entre el género humano, en el recipiente solo quedo la esperanza, que Epimeteo logro encerrar tapando la ánfora rápidamente...

Las injusticias, las insidias, la trapacería, la envidia, la codicia y todos los males siguen sueltos. La esperanza encerrada en una urna desde el principio de los siglos...

lunes, 12 de febrero de 2007

EL CUMPLEAÑOS DE MI NIETA




Lunes 12 de febrero de 2007
EL CUMPLEAÑOS DE MI NIETA

En el salón todo estaba dispuesto, sillas, mesas, manteles, platos, cubiertos, música infantil, y, lo que más llamaba la atención eran los festones de colores, gallardetes y globos que adornaban todos los rincones y los techos donde se celebraba el acontecimiento. Los niños discurrían contentos ante aquel espectáculo multicolor, mientras que los adultos que les acompañábamos, perdida toda nuestra curiosidad, el niño que debíamos llevar dentro, continuábamos con nuestras anodinas conversaciones.

Preguntas van, preguntas vienen, es el entorno de la chiquillería, la expectación, el querer saber, la intriga que despierta sus expectativas.

-¿Y por qué vuelan los globos?

-Porque han sido hinchados con un gas especial que se llama helio.

-¡Dame un globo! ¡Dame otro! ¡A mí también!

-Y a mí, gritaba el de más allá.

Y entre el jolgorio, la música y la algarabía de los niños se escuchaba aquí y allá las explosiones de los globos en medio de risas y gritos de espanto.

-Yo quiero uno rojo, yo uno verde, a mi uno amarillo y bum...bam... bum... no paraban de explotar y otros, los mas, quedaban pegados al techo sin poder ser arriados, cuando no, salía un rapazuelo, en carrera tendida con una tira de festones enredando cuanto encontraba a su paso.

Mi nieta cumplía dos años, miraba inquieta cuanto ocurría a su alrededor o se entretenía abriendo los paquetes con los cuales había sido agasajada, sacaba de ellos muñecas, prendas de vestir, mecanos, lápices de colores y algún juego electrónico, pero no perdía de vista los globos, ella también quería jugar con ellos, divertirse con el ramillete multicolor que pendía en la mitad del salón pero que poco a poco iba desapareciendo. Los globos eran curiosos, unos se quedaban anclados al techo, otros bum, bam, bum, explotaban y otros se deshinchaban y quedaban exánimes, cansados o muertos pero con su color más oscuro y más vivo. Los niños, entonces, los recogían y volvían a hincharlos, pero ya no volaban, habían perdido su capacidad para elevarse y algunos niños, ante aquel desastre inesperado, lloraban, otros los golpeaban y los hacían circular de golpe en golpe por toda la sala.

Mi nieta cogió un globo azul y le pidió a su Padre, mi hijo, que la alzara en brazos; la levanto y salió con ella al patio, el día era luminoso y el cielo profundamente azul. Mi nieta en un descuido dejo escapar el globo, y, asombrada, lo vio elevarse al cielo, no lo perdió de vista hasta cuando su color se mimetizo con el firmamento. Pidió que le dieran otro globo, le alcanzaron uno rojo y lo rechazo, le entregaron otro azul, lo tomo con sus manitas y volvió a soltarlo observando cómo se elevaba hasta perderse en el azul del cielo. Y así, una y otra vez...con una leve sonrisa en sus labios y su mirada angelical perdida en el azul del cielo.

¿Que pensamientos pasaron por la cabecita de mi niña? ¡Nunca lo sabremos!

jueves, 8 de febrero de 2007

ABIGEOS




Jueves 8 de febrero de 2007
ABIGEOS

El cielo estaba oscuro, nublado, amenazaba tormenta, también la tierra estaba cubierta por una neblina gris que se movía lentamente ocultando todo el horizonte, y, el agua del lago, normalmente azul aparecía negra e inquieta. Un grupo de hombres se movía por la parte alta de la montaña, sigilosamente, a salto de mata, ocultándose detrás de los árboles o del ramaje espeso en completo silencio, al compás de una mano misteriosa que les iba indicando las posiciones que debían ocupar.

La banda se agrupo de dos en dos, abandonaron el sendero, rodeando poco a poco la casa y el barracón y doblaron por un camino lateral, camino de herradura, en dirección a los corrales y de ahí a los potreros donde pacía el ganado. Caradura, el jefe de la banda, era un hombre de mirada indiferente, esquiva, a quien nada le rozaba, ni la sociedad, ni la justicia, ni las autoridades, salvo su profunda vocación religiosa por la Virgen de los Desamparados a quien siempre se encomendaba antes de dar un golpe, era un perfecto anti social, pero no un inconformista, en él no coexiste la rebeldía, nada que lo indujera a desafiar el orden establecido, obraba con naturalidad despojado de cualquier sentimiento: Ordeno santiguarse, elevar una oración e iniciar el trasiego de recogida de los animales que se iban a robar. Reunieron el hato y pusieron rumbo a los desfiladeros del río viejo donde sacrificaban el ganado, lo desollaban y sacaban la carne que era trasportada en lanchas para ser vendida en los mercados de los pueblos ribereños.

Las gentes de Chaguaní y de los alrededores, así como las autoridades civiles, perseguían sin cuartel a los abigeos pero era una lucha desigual, nunca podía preverse donde iban a golpear ni cuándo y cuidar todos los hatos de la región no era posible, se necesitaría un ejército de hombres difícil de pagar era profesor de la escuela de enseñanza primaria y en sus ratos libres y fines de semana se dedicaba a la compra y venta de ganado vacuno, recorría toda la región y los pueblos vecinos , las ferias y los mercados para ejercer su comercio. Era bien conocido por todos los ganaderos y muy apreciado por su don de gentes e innata simpatía. No escatimaba esfuerzos colaborando en la persecución de los maleantes, en la recuperación del ganado extraviado y en la búsqueda de soluciones en lo referente a todo aquello que afectara al mundo de los ganaderos incluyendo, desde luego, las ferias y fiestas donde la exposición y venta de animales centraba todos los eventos.

X no tenía más de treinta años, cristiano convencido, alegre y parrandero, buen trovador, bebedor de aguardiente y excelente guitarrista. De aspecto sereno y bien dispuesto, pelo rizado, nariz recta, ojos grandes, expresivos y escrutadores y una amplia sonrisa que no desaparecía ni en los momentos más difíciles, su aspecto atractivo, de una juventud arrogante, le facilitaba el trato con las jóvenes. Tuvo muchas amantes solteras y casadas. No pocas veces fue reconvenido por el confesor, por cometer adulterio y por desear la mujer de su prójimo. X, para evitar las reprimendas, disfrutaba contándole al confesor vaguedades, tendiendo un manto gris sobre sus apetitos sexuales y la negra impronta, que según el presbítero, dejaba sobre su alma el pecado.

Adelaida era una mujer joven que había llegado al pueblo una tarde de verano, por el mes de agosto, para las fiestas religiosas del Señor de la Salud: Lo cierto es que Adelaida rebosaba de salud. Su cuerpo grácil y ágil llevaba un vestido vaporoso de gasa floreada en tonos malvas, dentro de él se adivinaba todo su cuerpo, era más lo que enseñaba que lo que ocultaba y lo que enseñaba no dejaba indiferente ninguna mirada. Era realmente bella, elástica, con unos ojos verdes grandes, el cabello liso, negro y largo que le cubría la espalda, cintura menuda, amplias caderas y piernas largas y bien contorneadas, la boca pequeña y la nariz fina y recta. Todo en ella parecía perfecto y no fueron pocos los que sucumbieron a sus encantos: Adelaida alquilaba su cuerpo.

X la conoció por aquellos días de agosto, en los corrales de la feria ganadera, en la competición de ganado de ordeño en la que participaba con una vaca Pardo Suiza, llamada elefante, por sus desmedidas proporciones y alta producción lechera. X se encontraba entretenido lavando las ubres y preparando los utensilios del ordeño cuando apareció Adelaida. Venia cubierta por un parasol que hacia girar sobre su eje, su mano diestra de cuando en cuando hacia un giro y el parasol bailaba compasadamente con el va y ven de sus caderas. Su cuerpo despedía un suave perfume que invadía con impertinencia todos los lugares. Se detenía coqueta a observar los animales conscientes de que todos los hombres la miraban y todas las mujeres la envidiaban. X no se sorprendió al verla pero un frió cosquilleo recorrió todo su cuerpo cuando escucho su voz en un lento susurro

-Hola, hola...
-Hola, ¿como estas?
-Bien, ¿es tuya la vaca?
-Si, eso parece.
-¿Por qué me rehúyes?
-No, si no lo hago
-¿Tú también me desprecias?
-Porque voy de despreciarte si ni siquiera te conozco.
-¿Podemos vernos esta tarde?
-Lo intentare, ya ves, estoy muy ocupado.
-Es igual, te estaré esperando...

Y salió rumbo a la plaza. El sol llegaba a su cenit y recordó su tierra natal a orillas del río Magdalena, Mompox, la ciudad de Dios... Recordó la última noche que había pasado en ella, las lagrimas que había derramado, el dolor de tener que abandonar cuanto quería. Se puso furiosa recordando aquellas imágenes. Quería borrar de la memoria todo rastro indeseable de su pasado. Olvidar su desnudez, el monologo eterno de su soledad. Pero no podía, los recuerdos se superponían a sus deseos. Recordó como saco de un pequeño cofre todos sus haberes, dos pulseras de oro, varios anillos, algunos pendientes de filigrana, un rosario y un puñado de monedas. Esto es todo lo que queda de mi vida, dijo. Lo deposito entre el bolso de mano y salió a venderlo al mejor postor, en el monte pío. Con el producto de la venta pago el pasaje en el pequeño vapor que la llevo hasta Barranquilla y de allí a la capital donde esperaba mejorar su situación personal, cambiar su vida. No tuvo la perspicacia de comprender que el torbellino se iniciaba...

Al anochecer, X, salió en su busca. Sus deseos eran contradictorios, no quería ir, pero un impulso superior a sus fuerzas lo empujaba a su encuentro. Tomo el camino de la Guacimalera, hacia las afueras del pueblo, la noche era clara y la luna aparecía detrás de los cerros redonda, era luna llena, luna de aullidos y de lobos, pensó X, y siguió adelante hasta alcanzar la puerta de la taberna. La música sonaba con fuerza y las mujeres bailaban contorneando el cuerpo y, los hombres, bebían aguardiente tarareando las canciones y llevando el ritmo golpeando suavemente sobre las mesas. Campesinos, ganaderos y forajidos se mezclaban en este ambiente de jolgorio. Las mujeres se distribuían entre las diferentes mesas y atendían a su clientela obligándolos a beber y a que les ofrecieran una copa en medio de risas y caricias. X entro en el local, se dirigió a la barra, pidió un aguardiente, observo a quienes estaban, saludo a algunos, y busco con su mirada a Adelaida. La vio en una mesa, situada en un rincón apartado, sola, mirándole risueña.

Detrás de él entro Caradura, siguiéndole los pasos, los campesinos se apartaban al verle, para darle paso, temerosos de aquel hombre monumental, de mirada esquiva y salvaje, cuello de toro, torso y brazos musculados, la cara señalada por un corte profundo en el lado izquierdo, la nariz chata , torcida, de andar lento y pesado. Se coloco en la barra al lado de X, pidió un aguardiente, lo apuro de un solo sorbo, y, sin mediar palabra, se abalanzo sobre X como una fiera. Todos los allí presentes se pusieron en guardia. Adelaida corrió hacia los dos cuerpos que rodaban por el suelo pidiendo que los separaran. Un grupo de hombres los separo. Caradura increpo a Adelaida. Les matare les dijo y salió del lugar. X no salía de su asombro. No comprendía aun por que lo había atacado. Conocía a Caradura y sabía que era un hombre pendenciero pero desconocía sus actividades de cuatrero. Tampoco sabía que Caradura cortejaba a Adelaida. Pasado el incidente X se sentó con Adelaida, charlaron un rato, comentaron lo que había ocurrido y se fueron a dormir.

Pasaron los meses, las autoridades, y los vecinos cada día estaban más preocupados porque a pesar de que se incrementaba la vigilancia el abigeato iba en aumento. Los asaltantes no se detenían ante nada. Mataban o golpeaban a quien por desgracia llegara a enfrentarse les. X organizo un grupo de ganaderos y se turnaban en las noches recorriendo la región o colocando en los caminos puestos de vigilancia que impidieran la libre circulación. A la descomposición social, al latrocinio se sumo un verano tórrido que obligo al movimiento de animales para acercarlos a los bebederos cercanos al río. Hecho éste que llevo a los dueños de los hatos a duplicar la vigilancia para impedirles a los ladrones obrar con facilidad. X, entre tanto, coordino a las autoridades de la región y de los pueblos vecinos en la esperanza de acabar con los abigeos.

El verano llego sin dar aviso y el alcalde hubo de tomar medidas de emergencia, en relación con el agua, habida cuenta de que el invierno había sido parco en agua. Las fiestas municipales y regionales se acercaban por lo que se dictaban los bandos incitando a la comunidad a participar en la organización y buen desarrollo de los eventos. Se alistaban corrales, se construían las plazas de toros, se contrataban los músicos y se invitaba al párroco para que preparara la fiesta del Señor de la Salud con la que se cerraba el periodo de festividades. En los pueblos vecinos, también, por el periodo estival, se celebraban las fiestas.


En la cabecera municipal de Guaduas se encontraban en la exposición equina y ganadera a la cual invitaban a todos los pueblos vecinos y a los ganaderos a participar en ella. X nunca había faltado a ésta cita por cuanto en ella hacia sus mejores inversiones, se presentaba a los concursos equinos y ganaderos y venida y compraba ganado a buen precio. Con antelación en Chaguaní preparo los animales para la exposición, los caballos de paso, las vacas y los novillos para el chalaneo. Embarco los animales en un camión y él se fue en busca de Adelaida para que le acompañara. Llegaron a la plaza de ferias sobre las diez de la mañana, bajo del todo terreno, cogió de la mano a Adelaida y se dirigió a organizar el desembarque de sus animales, terminadas las labores, sobre el medio día, se dirigieron al café a tomar un refresco, en la puerta les esperaba Caradura que, increpándolos, les descerrajo seis balazos, X y Adelaida cayeron sin pronunciar palabra.

Al otro día en los tabloides se hablaba de crimen pasional...