miércoles, 2 de mayo de 2007

MISIA MARIA MALETAS MACHUCA TERRONES/ CAHGUANÍ



Miércoles 2 de mayo de 2007
MISIA MARIA MALETAS MACHUCA TERRONES/ CAHGUANÍ

Hace mucho tiempo conocí a una anciana que por toda enfermedad cargaba su vejez de la que decía que iba a morir en el recodo enmontado de un camino, por que ellos habían sido su albergue en su vida de trovador y el mundo y los hombres su más cara ilusión. De este mundo, para su ser, tomo todo y, su única extrañeza a pesar de la ignorancia de las letras era la impaciencia, la falta de reflexión y la necedad de sus semejantes. Parlanchina, vivaracha, deseo siempre el silencio de los caminos por entre la flora y bajo el sol que ilumina la historia que la vida en comunidad que no entendía. En sus largas jornadas, sola, su meditación no iba más allá de este mundo porque desechaba a Dios del que hablaba tan bien...

Los días de mercado, María Maletas Machuca Terrones, amanecía en el poblado, con sus trebejos al hombro, con sus manos arrugadas mendigando, con sus ojos centelleantes censurando e inquiriendo, y, por vuelta de lo recibido, a flor de labios marchitos, una máxima lozana que robustecía el espíritu. Su sobre nombre, más que el producto de machacar terrones con su bordón hasta verterlos polvo, era el producto de su posición ante el mundo que tanto amo y al que quiso redimir con su voz de litigante, de regateo frente a sus interlocutores, de quienes muchas veces, entre los más cuerdos, arranco una lagrima a los diques del ungís, y, de otros, los menos, una carcajada de estupidez y una mirada sin pensamiento, que es en el fondo, la perplejidad que causa el reconocimiento de lo que no queremos admitir.

Siempre que la escuche tuve la impresión de que aquel cuerpo magro, raquítico, se hallaba liberado de todo menos del mundo, al que se entrego virtuosamente, convencida de que era lo único digno de amar, hundida hasta la saciedad y con la seguridad en la grandeza del hombre, con la siempre joven esperanza en la vida, donde Dios no tiene cabida en los intereses del hombre. Era consciente de que el hombre, muy a pesar de los atavismos religiosos y jurídicos, tenia preferencia por lo que le ofrecían sus sentidos y el instinto, primaban en él los goces del cuerpo sobre los del alma, la vida en la tierra a la esperanza en paraísos y nirvanas.

En el pueblo, se sentaba en los escaños de la plaza, quizás porque allí, en medio del bullicio del mercado reverberaba la vida a los gritos de la oferta y la demanda, y, porque el rictus de las gentes que en ella se agolpaban hacían le esbozar sus máximas rebosantes de sabiduría y realidad, y además, porque era el centro de su auditorio. ¡Que le importaba que el párroco maldijera su nombre y amenazara con excomunión a quien la escuchara si su credo era el hombre y el mundo que existe! Su rebeldía no era una rebeldía individual ni heroica, no pretendía descabalgar el establecimiento ni violentar los códigos, solo pretende educar al hombre en la dignidad moral y en la responsabilidad civil sin atavismos de ninguna índole.

Siempre hubo dialogo en rededor de su figura, las preguntas y las respuestas se sucedían atropelladamente, todos querían saber, de primera mano, la última máxima. Un domingo, entrada ya la tarde, escuche éste dialogo:
-Hola, María Maletas, ¿Como estas?
-Con los pies sobre el mundo y mi espíritu y mi bordón sobre el terrón.
-¡Que te entienda el diablo, María Maletas!
-No vivas del pasado, de tus perennes recuerdos, de tus mejores desde aquel otro lamentable, con ello, sepultaras tu presente y el de la humanidad entera. Así no vives, más aún, no dejas vivir...
-No digas esas cosas, ¿cómo se vive sin experiencias, sin Dios, sin fe?
-No, eso no representa toda la existencia, ella es algo más que ese pesimismo fatuo engendrado por los Dioses, por los oráculos y por sus creyentes, por los perjuicios del ser humano que no es capaz de realizar el momento presente sin pensar, más allá de lo correcto, en el que viene y en el que paso para su dolor o para su gloria. No, eso no es la existencia, tenemos que cotejar el pasado sin caer en el remordimiento de la acción fallida ni con temor al futuro aplicándonos, con voluntad férrea, al momento real y objetivo que vivimos y al que viene si alcanzamos... La vida hay que vivirla del todo, con humildad, plenamente, los Dioses no cuentan...¡ Solo el hombre y su acción!

Todos quedaban ante sus argumentos desconcertados, con la mirada perdida en el infinito y con un rostro de perplejidad que asustaba. ¿Acaso no sería excomulgado quien escuchara la vieja hereje? ¿O era que la realidad de sus palabras asustaba más que aturdía? No sabría decirlo con certeza, pero su influencia pesaba sobre los espíritus muy a pesar de la religiosidad de las gentes para las que siempre tenía palabras oportunas.

Llegada la tarde, en la soleada plaza, quedaba la vieja queriendo retener un transeúnte. En el poblado le horrorizaba la soledad. No quería quedarse sola, le consternaba su insomnio con la iglesia de elevadas torres y campanas lúgubres ante sus ojos. Tenía miedo. Toda ella se apoyaba en el hombre al que quería redimir. Se aferraba a ese ser por quien demostraba tanto interés. No quería abandonarlo a sus pasiones animales e irreflexivas que una religión perdonaba con indulgencia o negligencia. Quería hacer de ese hombre que tanto había amado en la soledad de los caminos o en el bullicio de los poblados un hombre nuevo. Siempre anhelo un auditorio de mentes jóvenes y lo hallo. Laso jóvenes -decía- no saben que la experiencia es una batalla en la que hay que perder lo todo para aprender un poco. Los jóvenes tienen que soportar la vida y despreciar cualquier clase de suicidio. Deben vivir y llegar a viejos, locos, ebrios o sabios, el cómo no importa, su fin en últimas, será un fin digno y admirable, morirán bellamente si mueren viviendo. Para los hombres esto no será un consuelo sino un apremio. Los hombres edifican para la vejez, de la que soy una representante, pero yo no me he equivocado, yo no le di ocio, ese ocio que se dan muchos para descansar, pero que, hundido el espíritu en la edad, comprenden que ese anhelo, en tantos años engendrado, es falso, y, con tristeza, comprenden que necesitan de la juventud de otros hombres para apoyarse y que todo lo viejo es caduco solo en la medida en que no quieren reconocer y vivir de lo nuevo para sustentarse...

Un domingo lluvioso, bajo la ceiba de la plaza, sintiendo que su vida se apagaba, agrupo la vieja, difícilmente, a los jóvenes que transitaban por el mercado. Reprimió las lágrimas para que no dudaran de su entereza de carácter, tomo las manos de algún de los allí presentes para darse aliento, y, en los estertores de la muerte, con voz firme, pronuncio su postrer aforismo:
-¡Gritad, jóvenes, que si os dan la vida, que si os dejan obtener vivencias, les devolveréis a cambio una cultura!